Hay algo que le pides a Dios desde hace tiempo.
Lo pediste de rodillas.
Lo pediste lavando los platos.
Lo pediste sin palabras, llorando.
Y la respuesta no llega.
Mientras tanto, en la reunión familiar, alguien cuenta su buena noticia.
Tú la felicitas.
De verdad te alegras.
Y por dentro preguntas: ¿y lo mío?
Esa pregunta no te hace mala persona.
Solo muestra cuánto llevas esperando.
Respira...
Dios no se olvidó de tu pedido.
Buenos días, corazón bendecido.
Hoy es el día ocho de diez.
Este es tu momento con Dios.
Y hoy vienes con una pregunta vieja.
Hoy vamos a hablar de esperar.
De lo que cuesta.
Y de algo que no siempre se ve mientras uno está esperando.
A veces lo que no llegó...
era protección.
No siempre.
Y no siempre lo vamos a entender.
Pero Dios ve el camino entero.
Nosotros vemos un pedacito.
Pon las dos manos sobre tu estómago.
Sin apretar.
Toma aire por la nariz.
Siente cómo se levantan tus manos.
Y suelta por la boca.
Tus manos bajan solas.
Fíjate en algo.
El aire vuelve.
No tienes que ir a buscarlo.
Toma aire otra vez.
Despacio.
Y déjalo salir.
Con un poco de ruido, si quieres.
Hay una pausa pequeña entre una respiración y la otra.
Tu cuerpo no se asusta en esa pausa.
Sabe que el aire va a volver.
Hoy vamos a esperar así.
Como espera tu cuerpo ese aire.
Una vez más.
Toma aire...
y suelta.
Ahora vamos a bendecir tu nombre.
Si hoy no tienes ganas de pedir nada, también puedes estar aquí.
Cada vez que diga "yo"...
di tu nombre.
En voz alta, o en tu corazón.
Tu nombre ha estado en muchas oraciones.
Las tuyas.
Y las de quien te quiere.
Hoy lo ponemos otra vez delante de Dios.
Sin reclamo.
Con confianza.
Repite conmigo.
Yo...
confío en los tiempos de Dios para mi vida.
Yo...
no me quedo atrás.
Voy a mi propio paso.
Yo...
suelto la prisa y me quedo con la fe.
Otra vez.
Si la voz tiembla, déjala temblar.
Yo...
confío en los tiempos de Dios para mi vida.
Yo...
no me quedo atrás.
Voy a mi propio paso.
Yo...
suelto la prisa y me quedo con la fe.
A lo mejor la segunda vez te costó más que la primera.
Pasa mucho.
Cuando uno lo dice en serio, a veces duele un poco.
Una última vez.
Más lento todavía.
Como si tu nombre fuera una semilla que dejas en la tierra.
Yo...
confío en los tiempos de Dios para mi vida.
Yo...
no me quedo atrás.
Voy a mi propio paso.
Yo...
suelto la prisa y me quedo con la fe.
Espera conmigo un poco.
La semilla no se ve crecer.
Pasa días enteros bajo la tierra.
Y nadie le dice que está atrasada.
Tu vida no es una carrera contra la vida de los demás.
Lo que Dios tiene para ti tiene tu nombre.
Nadie más lo puede ocupar.
Aunque otra persona reciba algo parecido, no te lo quitó.
Dios no le dio a otro lo tuyo.
Mientras esperas, la vida sigue pasando.
Hoy también cuenta.
Aunque falte lo otro.
Dios, te devuelvo mi pedido.
Tú ya lo conoces.
Si no es por ahí, enséñame por dónde.
Y si es por ahí, dame paciencia para esperarlo.
Amén.
Lo que pediste sigue contigo.
Solo que ahora lo cargan dos.
Deja las manos donde están.
Siente el aire ir y volver.
Y así, sin moverlas...
vamos a dar gracias por los "no".
Tus manos siguen sobre tu estómago.
Suben y bajan con el aire.
Hace nada le devolviste a Dios eso que tanto esperas.
Tal vez sientes un poco de alivio.
Tal vez sigue igual de pesado.
cosas Las dos
caben aquí.
Si te quedaste pensando en la noticia ajena, la de la reunión familiar, está
bien.
Aquí la dejamos.
Dar gracias por algo que no salió suena raro, lo sé.
Por eso vamos despacio.
Primero, un poco de aire.
Toma aire despacio.
Y suéltalo largo.
Como cuando llegas a casa y te quitas los zapatos.
Otra vez.
Toma aire...
y deja que salga solo.
Repite conmigo.
Aunque hoy cueste.
Gracias, Dios...
por las puertas que se cerraron.
Aunque me dolió verlas cerrarse.
Gracias por el "no" que no entendí.
Hoy tampoco lo entiendo del todo.
Gracias por aquella vez que llegué tarde...
y después entendí por qué.
Gracias por lo que sí llegó.
Aunque haya llegado por otro lado.
Gracias por la espera.
Me enseñó a orar distinto.
Gracias por las oraciones a medias.
Las que terminé con un bostezo.
Gracias porque en la espera aprendí a pedir menos cosas y a pedirte más
a ti.
Gracias por la amiga que pregunta cómo vas sin apurarte.
Gracias por lo que tengo hoy.
Mientras lo otro llega.
Gracias porque todavía tengo ganas de pedir.
No se me acabó la fe.
Y gracias, Dios...
porque lo que es para mí no se pierde en el camino.
¿Viste?
Dar gracias por un "no" cuesta.
Y aun así lo hiciste.
Ahora vamos a declarar quién eres mientras esperas.
Si quieres, di tu nombre antes de cada frase.
Yo espero con esperanza.
Aunque a veces tenga miedo.
Yo no mido mi vida con la vara de otros.
Yo puedo estar en paz sin tener la respuesta.
Yo sigo sembrando, aunque todavía no vea nada.
Yo puedo alegrarme hoy sin esperar a que llegue lo otro.
Yo celebro lo bueno de los demás sin sentir que pierdo lo mío.
Yo recibo el "todavía no" sin amargura.
Yo tengo permiso de cansarme.
Y de seguir confiando.
Yo sé que lo mío llegará cuando Dios dice que es el momento.
Ahora, en silencio, dile a Dios qué es lo que esperas.
Dilo simple.
Como se lo dirías a tu mamá.
Y si ya no sabes qué pedir, pídele paciencia.
Con eso basta hoy.
Lo que esperas ya tiene quien lo cuide.
Antes de seguir con tu mañana, te propongo algo pequeño.
Busca un papelito.
Escribe una sola cosa que estás esperando.
Dóblalo dos veces.
Y dile a Dios: esto es tuyo.
Mételo entre las páginas de un libro.
Uno que no vayas a abrir pronto.
La idea es no revisarlo a cada rato.
Ya lo entregaste.
Y si un día lo encuentras sin buscarlo, lee lo que escribiste.
Mira cuánto ha cambiado.
Si quieres, escribe en los comentarios: Confío en los tiempos de Dios.
Lo mío llegará.
Cuando leas lo que escriben otros, vas a ver cuánta gente espera contigo.
Mañana es el día nueve.
Vamos a aprender a recibir.
Eso que a muchos nos cuesta tanto.
Mañana volvemos a bendecir tu nombre.
Dios va contigo.