Hoy le vamos a dar gracias a Dios...
por ti.
Por quien eres.
No por lo que haces.
Por ti.
Porque en tu casa eres quien sabe dónde está todo.
Las tijeras, el acta, la medicina.
Si falta algo, te buscan.
Si algo sale bien...
casi nadie dice gracias.
La comida aparece en la La mesa.
ropa aparece doblada.
Como si se hiciera sola.
Y un día alguien te preguntó:
"¿Y a ti qué te gusta?"
Y te quedaste callada, callado.
Pensando.
Saliste del paso "pues...
con dormir".
Y te reíste.
Respira...
Hoy Dios te mira a ti.
Buenos días, corazón bendecido.
Este es tu momento con Dios.
Si quieres, escribe abajo: Buenos días.
Y desde qué país me escuchas.
Hoy no vamos a hablar de pendientes.
Vamos a hablar de tu nombre.
Abre una mano.
La palma hacia arriba, sobre la pierna.
Con el dedo índice de la otra...
escribe tu nombre en la palma.
Una letra, y luego otra.
Despacio.
Como cuando aprendiste a escribirlo.
Con la lengua de fuera.
Toma aire mientras escribes.
Y suéltalo en la última letra.
Como quien pone el punto final.
Ese nombre te lo dieron antes de que supieras nada.
Alguien lo eligió.
Alguien lo dijo bajito la primera vez que te vio.
Ahora vamos a bendecirlo.
Cada vez que diga "yo"...
di tu nombre.
En voz alta, o en tu corazón.
Repite conmigo.
Yo...
tengo valor.
Aunque nadie lo diga.
Yo...
soy alguien para Dios.
No solo mi para familia.
Yo...
puedo decir lo que me gusta.
Sin pedir permiso.
Si quieres, escribe tu nombre en los comentarios.
Lo bendecimos juntos.
Otra vez.
Con el dedo en la palma.
Yo...
tengo valor.
Aunque nadie lo diga.
Yo...
soy alguien para Dios.
No solo para mi familia.
Yo...
puedo decir lo que me gusta.
Sin pedir permiso.
Quizá en la segunda vuelta te dio risa.
O se te aguaron los ojos.
Es que casi nunca te dices cosas así.
Te dices otras.
"Ya se me pasó el tiempo."
"Eso no es para mí."
Esas frases también las escucha tu nombre.
A los demás sí.
A tu hermana, a tu compadre, al nieto que reprobó.
Hoy te toca a ti.
Mira la palma.
Ahí, invisible, sigue tu nombre.
Una última vez.
Más lento.
Yo...
tengo valor.
Aunque nadie lo diga.
Yo...
soy alguien para Dios.
No solo para mi familia.
Yo...
puedo decir lo que me gusta.
Sin pedir permiso.
Dios, Tú me conoces desde antes de mi nombre.
Sabes lo que me gusta aunque yo ya lo olvidé.
Ayúdame a acordarme.
Del color que me gustaba ponerme.
De la ventana donde me sentaba a leer.
De la canción que me hacía bailar.
Del pan dulce a la salida de clases.
De lo que me hacía reír a carcajadas.
Que hoy no me vea solo como quien resuelve todo.
Amén.
Y que pueda escuchar un "gracias" sin contestar rápido "no fue nada".
No tienes que ganarte el cariño de Dios.
Ya lo tienes.
Desde el principio.
Desde antes del primer trabajo.
Antes de la primera receta que salió.
Tu valor no subió cuando hiciste algo bien.
Ni bajó cuando te equivocaste.
Ahí ha estado.
Quieto, como tu nombre.
Esperando que lo voltearas a ver.
Con calma, sin vergüenza.
Deja el dedo sobre tu palma.
Donde terminó la última letra.
Y con tu nombre ahí, escrito sin tinta...
contemos lo que Dios puso en ti.
Tu dedo sigue sobre la palma.
En la última letra de tu nombre.
Déjalo ahí.
Ese nombre va a escuchar ahora cosas buenas de sí mismo.
Ya era hora.
Toma aire...
y suéltalo por la boca.
Largo, como un suspiro de alivio.
Repite conmigo.
Aunque al principio te dé pena.
Gracias, Dios...
por mi paciencia.
La que tuve en la fila del banco.
Con el número cuarenta y siete.
Gracias por mi risa.
La que se me sale fuerte y luego me tapo la boca.
Gracias por mi sazón.
Ese guiso que nadie más hace igual.
Gracias porque me piden consejo.
Y casi siempre acierto.
Gracias por mi memoria para los cumpleaños.
Nunca se me pasa uno.
Gracias por mi terquedad.
A veces me sacó adelante.
Gracias por mi manera de contar las cosas.
Cuando cuento algo, todos se ríen.
Gracias porque me levanté después de aquella vez.
Tú sabes cuál.
¿Y tú?
¿Qué haces mejor que nadie?
Escríbelo abajo, sin pena.
Con una palabra alcanza.
Gracias por mis manos para las plantas.
Hasta la que daban por muerta.
Gracias porque sé escuchar.
Sin mirar el teléfono.
Gracias por mi manera de cuidar.
Un té caliente y una pregunta a tiempo.
Gracias por lo que aprendí sola, solo.
Sin que nadie me enseñara.
Gracias por mi fe.
La que sigue aunque a veces tiemble.
Gracias por mi voz.
La que canta en la cocina cuando nadie oye.
Gracias por mi honestidad.
Aunque a veces me costó amistades.
Gracias por mi nombre.
Que alguien eligió con cariño.
Y gracias, Dios...
por lo que todavía no descubro de mí.
Ahora, cosas que casi nunca te dices.
Tu nombre antes, si quieres.
Yo tengo valor para Dios.
Hoy y cuando me equivoco.
Yo me llamo por mi nombre.
No por mis apodos de regaño.
Yo me doy un gusto pequeño hoy.
Yo digo lo que me gusta cuando me preguntan.
Yo no me comparo con la vecina.
Ni con nadie del grupo.
Yo reconozco lo que hago bien.
En voz alta, si hace falta.
Yo merezco que me traten con respeto.
Empezando por mí.
Yo soy hija, hijo de Dios.
Eso no cambia.
Ahora, en silencio, pídele a Dios una sola cosa.
Que te deje verte como te ve Él.
Sin la lista de lo que falta.
Sin la foto donde no te gustaste.
Con tus palabras.
Las de siempre.
Dios te oyó.
Y te sigue mirando con cariño.
Como se mira una foto vieja que uno quiere mucho.
Al terminar, toma la libreta de la lista del súper.
O cualquier hoja.
Escribe tres cosas que te gustan de ti.
Solo tres.
No más.
Cosas chiquitas valen.
Tu letra bonita.
Tu caldo de pollo.
Si se te atora el lápiz, piensa qué diría la de ti
amiga que más te quiere.
Dobla la hoja.
Pégala por dentro de la puerta del ropero.
Un día de lo estos vas a necesitar.
Un día de esos en que te sientes poca cosa.
Abres el ropero...
y ahí está tu letra,
recordándote quién eres.
Y si quieres, escribe en los comentarios:
Gracias Dios por quien soy.
Mi nombre tiene valor.
Mañana volvemos a bendecir tu nombre.
Dios va contigo.