Alguien te dice: qué bonita te queda esa blusa.
Y tú contestas rapidito: ay, si ya está viejita.
Alguien se levanta a lavar los trastes.
Y tú le dices: deja, yo lo hago.
En la comida familiar sirves el plato de todos.
El
tuyo, al final.
Lo que quedó.
Dar te sale fácil.
Recibir...
te pone nervioso el cuerpo.
regalan Te algo...
y ya estás pensando qué regalar de vuelta.
Respira...
Hoy también te toca a ti.
Buenos días, corazón bendecido.
Hoy es el día nueve de diez.
Este es tu momento con Dios.
Ya casi llegamos al final de la serie.
Hoy vamos a practicar algo que casi nadie nos enseñó.
Recibir.
Sin explicar.
Sin devolver al instante.
Por un rato, nadie te pide nada.
Aquí está Dios, que viene a darte.
A lo mejor te enseñaron que lo bueno es dar.
Y es bueno.
Pero Dios también quiere darte a ti.
Y para eso, hay que abrir la mano.
Y abrirla da un poco de miedo.
Porque una mano abierta no controla nada.
Junta tus manos en forma de cuenco.
Como cuando alguien te va a servir algo.
Déjalas así, sobre tus piernas.
Aunque se sienta un poco raro.
Toma aire por la nariz.
Deja que entre todo el que quiera.
Y suéltalo por la boca.
Despacito.
Nota el hueco que forman tus manos.
Ahí cabe algo.
Fíjate que el aire no te cobra nada.
Entra.
Y ya.
Otra vez.
Toma aire...
sin hacer fuerza.
Y suelta.
Si el cuenco se quiere cerrar, aflójalo otra vez.
Suavecito.
Una respiración más.
Toma aire...
y déjalo ir.
Ahora vamos a bendecir tu nombre.
Con las manos en cuenco.
Cada vez que diga "yo"...
di tu nombre.
En voz alta, o en tu corazón.
Piensa en cuántas veces tu nombre se ha dicho para pedirte algo.
Yo...
me abro a recibir las bendiciones que Dios tiene para mí.
Yo...
también merezco que me cuiden.
Yo...
acepto la ayuda sin pedir perdón por aceptarla.
Otra vez.
Si sonríes al decirlo, mejor.
Yo...
me abro a recibir las bendiciones que Dios tiene para mí.
Yo...
también merezco que me cuiden.
Yo...
acepto la ayuda sin pedir perdón por aceptarla.
¿La segunda frase te costó?
A mucha gente le cuesta justo esa.
Es que llevamos años cuidando a otros.
Y se nos olvida que también contamos.
Tu nombre también merece oír: siéntate, yo te lo traigo.
Una última vez.
Revisa tus manos.
¿Siguen en cuenco?
Yo...
me abro a recibir las bendiciones que Dios tiene para mí.
Yo...
también merezco que me cuiden.
Yo...
acepto la ayuda sin pedir perdón por aceptarla.
Deja las manos quietas, esperando.
Nadie te va a apurar.
Una jarra que siempre sirve también necesita que alguien la llene.
Dios no te pide que te vacíes hasta no poder más.
Él sabe lo que das cada día.
Y quiere devolverte algo.
Recibir no te quita nada.
Tampoco te deja en deuda.
La próxima vez que alguien te ofrezca algo, acuérdate de este cuenco.
Dios, yo sé dar.
Recibir, no tanto.
Enséñame.
Sin que me dé vergüenza.
Que no me apure en devolver.
Que me deje querer un ratito.
Amén.
No cierres las manos todavía.
Déjalas así un rato más.
Y en ese hueco de tus manos...
vamos a poner las gracias de hoy.
Tus manos siguen en cuenco.
Déjalas ahí mientras hablamos.
En ese hueco cabe más de lo que crees.
Tenlas como cuando te pasan un plato.
Con cuidado, sin apretar.
Si te dan ganas de cerrarlas, está bien.
Ábrelas otra vez.
Toma aire por la nariz.
Llénate un poquito más que antes.
Y suéltalo.
Como un "ay, qué rico" cuando por fin te sientas a comer.
Otra vez.
Toma aire...
y suelta.
Repite conmigo.
Sin apuro.
Gracias, Dios...
por lo que me das sin pedirlo.
Gracias por la persona que me cedió su turno en la fila.
Gracias por el plato que alguien me sirvió caliente.
Primero a mí.
Gracias por la siesta de la tarde.
La que casi no me permito.
Gracias por quien me dijo: tú descansa.
Y lo dijo en serio.
Gracias por la llamada de alguien que solo quería saber de mí.
Gracias por el mensaje de cumpleaños que me hizo llorar un poquito.
Gracias por los cumplidos que no supe recibir.
Hoy los recibo, aunque sea tarde.
Gracias por las manos que me ayudaron cuando me daba pena pedir.
Gracias porque tus regalos no vienen con factura.
Y gracias, Dios...
porque sigues dando aunque yo no sepa cómo recibir.
Ahora, un ensayo pequeñito.
Imagina que alguien te dice: qué rico cocinas.
No digas "no es para tanto".
No digas "me salió salado".
Di solamente: gracias.
¿Viste qué corto es?
Y qué difícil.
Otra.
Alguien te dice: siéntate, yo lavo.
Tú dices: gracias.
Y te sientas.
Eso también es fe.
Dejar que alguien más te cuide.
Y quien te da algo también se alegra cuando lo recibes.
Ahora vamos a declararlo.
Si quieres, di tu nombre antes.
Yo digo gracias.
Y no le agrego nada.
Yo dejo que me ayuden.
Yo recibo un cumplido sin corregirlo.
Yo también me sirvo caliente.
Yo tengo espacio para lo bueno.
Yo me dejo sorprender por Dios.
Yo acepto que me quieran así como soy hoy.
Yo abro la puerta a lo que Dios me manda.
Ahora, en silencio, pídele a Dios algo para ti.
No para los demás esta vez.
Para ti.
Si te cuesta, empieza así: Dios, yo quisiera...
Y termina la frase sin pedir permiso.
Dios recibió tu pedido.
Con gusto.
Ahora sí, cierra las manos.
Lo que recibiste va contigo.
Para hoy, una tarea chiquita.
La próxima vez que alguien te dé algo, un favor, un elogio, un dulce...
di "gracias".
Y nada más.
Fíjate cómo se siente.
A lo mejor hasta te da risa.
Sin "no te hubieras molestado".
Sin buscar cómo pagarlo.
Si se te escapa la explicación, no pasa nada.
Lo intentas en la siguiente.
Y si quieres, escribe en los comentarios: Hoy abro mis manos...
y recibo lo bueno que Dios me da.
Mañana es el día diez.
El último de esta serie.
Vamos a mirar hacia atrás, juntos.
Todo lo que caminaste.
Mañana volvemos a bendecir tu nombre.
Dios va contigo.