Hoy vamos a darle gracias a tus manos.
Mira tu mano un momento.
La que tienes más cerca.
Dale la vuelta.
Mira la palma, y luego el dorso.
Los nudillos que se hinchan con el frío.
La marca blanca donde iba un anillo.
Esa quemadita del comal.
Que ya ni te acuerdas cuándo fue.
El dedo que se te dobló abriendo un frasco de chiles.
La piel que se reseca con el cloro.
Las uñas cortas, porque estorban.
Tus manos no descansan.
Ni sentadas frente a la tele.
Siempre doblando algo, o pelando algo.
Y casi nunca las miras.
Solo cuando duelen.
O cuando se te cae un vaso.
Respira...
Hoy tus manos también reciben.
Buenos días, corazón bendecido.
Este es tu momento con Dios.
Antes de empezar, si quieres, escribe abajo: Aquí estoy, Dios.
Y desde dónde me escuchas.
Me gusta saber dónde amaneces.
Hoy vamos a bendecir tu nombre...
y las manos que lo han escrito.
Con sus arrugas.
Con lo que ya les cuesta abrir.
Sin pedirles que sean otras.
Así como amanecieron hoy.
Junta las yemas de los dedos.
Una mano frente a la otra.
Solo las puntas.
Apenas tocándose.
Como una casita.
Toma aire por la nariz...
y al soltarlo,
deja que los dedos se toquen apenas.
Otra vez.
Toma aire...
y suelta despacio.
Siente el calor en cada punta.
Si un dedo no se estira del todo,
déjalo así.
No tiene que verse bonito.
Una vez más.
Toma aire...
y deja caer los hombros mientras los dedos se quedan juntos.
Ahora vamos a bendecir tu nombre.
Cada vez que diga di "yo"...
tu nombre.
En voz alta, o en tu corazón.
Con estas manos aprendiste a escribirlo.
Letra por letra, en un cuaderno de rayas.
Repite conmigo.
Yo...
bendigo mis manos.
Yo...
bendigo todo lo que hacen por amor.
Yo...
les doy descanso sin pedir permiso.
Otra vez.
Con los dedos juntos.
Yo...
bendigo mis manos.
Yo...
bendigo todo lo que hacen por amor.
Yo...
les doy descanso sin pedir permiso.
Si quieres,
escribe tu nombre en los comentarios.
Lo bendecimos juntos.
Aquí todos los nombres cuentan.
Aunque escribas despacio, con un solo dedo en la pantalla.
Así está bien.
Una última vez.
Más lento.
Yo...
bendigo mis manos.
Yo...
bendigo todo lo que hacen por amor.
Yo...
les doy descanso sin pedir permiso.
Quizá te dio risa.
Bendecir unas manos que lavan trastes.
Pero esas manos sostienen tu casa.
Desde hace años.
Piensa en una que mano alguna vez tomó la tuya.
La de tu cruzando mamá, la O calle.
una mano en un pasillo de hospital.
Tus manos también han sido para eso
alguien más.
Dios, Tú conoces estas manos.
Cada callo y cada cortada.
Conoces lo que cargaron.
Y lo que soltaron cuando dolía.
Cuídalas Que hoy.
no se lastimen en la cocina.
Que sepan parar cuando el cuerpo pide un rato.
Y si alguna ya no responde como antes,
dame paciencia con ella.
Amén.
Abre un poco los dedos.
Y vuelve a juntarlos.
Ahí siguen.
Las yemas tocándose, tibias.
Y desde esos dedos...
vamos a contar lo que han hecho.
Las yemas siguen juntas.
Tibias, una contra otra.
Diez dedos.
Cada uno con su historia.
Hace un rato bendijiste tu nombre.
Ahora le toca lo que han hecho.
Toma aire despacio.
Y suéltalo hacia los dedos.
Hasta las puntas.
Otra vez.
Toma aire...
y suelta.
Las muñecas flojitas.
Repite conmigo.
Una cosa a la vez.
Gracias, Dios...
por estas manos que trenzaron cabello.
Antes de la escuela, con prisa.
Gracias por las tortillas que voltearon.
Sin pinzas, con los dedos.
Gracias por la mano en una frente para ver si había calentura.
Gracias por la ropa doblada.
Montones y montones.
Gracias por la aguja enhebrada al tercer intento.
Gracias por las macetas que regaron.
Por la tierra debajo de las uñas.
Gracias por los aplausos en un festival de la escuela.
Gracias por las cartas que escribieron.
Y por las que no mandé.
Una pregunta, para los comentarios.
¿Qué es lo que más hacen tus manos?
Escríbelo en una palabra.
Y seguimos dando gracias.
Gracias por la mano que tomé en una cama de hospital.
Gracias porque supieron soltar cuando había que soltar.
Gracias por el pulgar que todavía marca los números.
Gracias por las palmadas en la espalda.
A quien lloraba en mi cocina.
Gracias por los botones cosidos la noche antes de una entrevista.
Gracias por las veces que dijeron adiós desde una ventana.
Gracias por la masa amasada para una fiesta que no era mía.
Y gracias, Dios...
por las manos que me cuidaron a mí.
Cuando era yo quien no podía.
Todo eso cabe en estas dos manos.
Y casi nadie lo vio.
Dios sí lo vio.
Cada tortilla.
Cada frente tocada de noche.
Ahora unas frases para tus manos.
Si quieres, empieza con tu nombre.
Yo cuido mis manos como ellas me cuidan.
Yo dejo que otros laven los trastes.
De vez en cuando.
Yo descanso las manos sin culparme.
Yo voy al doctor si una mano ya no cierra bien.
Yo toco a los míos con ternura.
Yo también me tomo de la mano.
Cuando nadie más está.
Yo dejo en manos de Dios lo que no puedo arreglar.
Ahora, en silencio, abre las manos sobre tus piernas.
Y entrégale a Dios lo que hoy te pesa en ellas.
Una cuenta.
Un trabajo pendiente.
Alguien a quien quisieras abrazar.
Lo que ya no puedes cargar, déjalo en Sus manos.
Con palabras sencillas.
Ahora lo carga Él.
Con manos más grandes que las tuyas.
Al terminar, busca una crema.
La que tengas.
O una gotita de aceite de cocina.
También sirve.
Póntela despacio.
Dedo por dedo.
Y en cada dedo...
di Por gracias.
el meñique también.
El que nadie nombra.
Si un nudillo duele, ahí vas más despacio.
Con más crema.
Y si quieres, escribe en los comentarios:
Bendigo mis manos.
Todo lo que tocan lo hacen con amor.
Mañana volvemos a bendecir tu nombre.
Dios va contigo.