Te levantaste...
y la rodilla avisó.
Ese crujido de siempre.
Los ojos cansados desde temprano.
Los lentes, que nunca están donde los dejaste.
La espalda, que ya se queja con las bolsas del mercado.
Y esa cita con el
doctor...
que ya moviste dos veces.
Porque siempre hay algo más urgente.
Alguien más va primero.
Le has pedido mucho a este cuerpo.
Y ahí sigue, contigo.
Tu cuerpo te lleva a todos lados.
Y casi nunca le das las gracias.
Respira...
Hoy tu cuerpo va primero.
Buenos días, corazón bendecido.
Hoy es el día cuatro de diez.
Este es tu momento con Dios.
Ya son cuatro mañanas seguidas.
Hoy vamos a bendecir tu nombre...
y el cuerpo que lo lleva.
Con sus años.
Con lo que ya no hace como antes.
Sin pedirle que sea otro.
Así como está hoy.
Este cuerpo te trajo hasta esta mañana.
Con todo lo que ha pasado.
Apoya los pies en el piso.
Los dos.
Bien plantados.
Siente la planta del pie.
El piso frío, o la alfombra.
O la chancla, si no te la quitaste.
Toma aire por la nariz.
Hasta abajo, hasta la panza.
Y suéltalo despacio por la boca.
Otra vez.
Toma aire...
y al soltar, deja que la espalda se apoye un poco más.
Si algo duele ahora mismo, no pelees con eso.
Solo nótalo.
Y dile en silencio: te escucho.
Toma aire una vez más.
Y suelta.
Tu cuerpo sabe respirar solo.
Lleva años haciéndolo por ti.
Ahora vamos a bendecir tu nombre.
Cada vez que diga "yo"...
di tu nombre.
En voz alta, o en tu corazón.
Tu nombre y tu cuerpo han vivido todo juntos.
Cada cumpleaños.
Cada noche de desvelo.
Tus manos aprendieron a escribirlo.
Tu boca lo ha dicho miles de veces.
Si tienes una mano libre, ponla donde te duele.
Con cuidado.
Repite conmigo.
Yo...
bendigo mi cuerpo.
Y lo cuido como un regalo de Dios.
Yo...
escucho a mi cuerpo cuando me pide descanso.
Yo...
le doy gracias a cada parte.
También a la que duele.
Otra vez.
Con los pies en el piso.
Yo...
bendigo mi cuerpo.
Y lo cuido como un regalo de Dios.
Yo...
escucho a mi cuerpo cuando me pide descanso.
Yo...
le doy gracias a cada parte.
También a la que duele.
Quizá te dio pena decirlo.
Nadie le habla así a su cuerpo.
Casi siempre le reclamamos.
Por la espalda que no aguanta.
O por las canas que salieron de golpe.
Hoy le hablas distinto.
Una última vez.
Más lento.
Yo...
bendigo mi cuerpo.
Y lo cuido como un regalo de Dios.
Yo...
escucho a mi cuerpo cuando me pide descanso.
Yo...
le doy gracias a cada parte.
También a la que duele.
Tu nombre acaba de sonar dentro de tu propio cuerpo.
Dios, Tú hiciste este cuerpo.
Con sus años y sus marcas.
Conoces cada lunar.
Y cada cosa que me duele.
Dame paciencia con él.
Y ganas de cuidarlo.
Que hoy no lo deje para después.
Que desayune con calma, sin estar de pie.
Que tome agua antes de tener sed.
Amén.
No necesitas un cuerpo perfecto para bendecirlo.
Hoy lo bendices como amaneció.
Si algo te duele hace tiempo, esa cita importa.
Ir al doctor también es cuidarte.
Dios te acompaña a la sala de espera.
Escucha el aire entrar por la nariz.
Entra solo, sin que tú hagas nada.
Deja los pies ahí, bien apoyados.
Y empezando por ellos...
vamos a decirle gracias a este cuerpo.
Tus pies siguen firmes en el piso.
Siente cómo el piso los sostiene.
Ellos te trajeron hasta aquí.
Del cuarto a este lugar, sin quejarse.
Toma
aire despacio.
Y suéltalo hacia abajo.
Hasta los talones.
Otra vez.
Toma
aire...
y suelta.
Repite conmigo.
Parte por parte.
Gracias, Dios...
por estos pies.
Por cada paso desde que aprendí a caminar.
Gracias por mis rodillas.
Aunque crujan, todavía me llevan.
Gracias por mis dedos, que todavía pelan una naranja entera.
Gracias por mi cadera.
Por cada vez que me agacho.
Gracias por mi espalda.
Ha cargado más de lo que le tocaba.
Gracias por mis hombros.
Aunque a veces suban hasta las orejas.
Gracias por mis pulmones.
Se llenan solos, también mientras duermo.
Gracias por mi corazón.
Late desde antes que yo supiera mi nombre.
Pon una mano ahí un momento.
Siéntelo.
Está trabajando para ti.
Si va rápido o despacio, está bien.
Solo escúchalo.
Gracias por mis ojos.
Por los colores mañana.
de esta Aunque use lentes para verlos.
Gracias por mis oídos.
Por la voz de alguien que quiero.
Gracias por mi boca.
Por el sabor del pan dulce.
Gracias por mi estómago.
Aguantó tantos desayunos a la carrera.
Gracias por mi piel.
Por el sol en la cara.
Gracias por mi memoria.
Por los números de teléfono que todavía me sé.
Gracias por las noches que dormí bien.
Y paciencia con las que no.
Gracias por las partes que me cuestan.
Las que no me gustan en las fotos.
Y gracias, Dios...
por la gente que cuida cuerpos ajenos.
En hospitales, a cualquier hora.
Todo eso pasa mientras piensas en otras cosas.
Ahora unas frases para ti.
Di tu nombre antes, si quieres.
Yo cuido mi cuerpo con cariño.
Yo le doy descanso sin sentir culpa.
Yo como a mis horas.
Aunque el día esté lleno.
Yo voy a mis citas.
No las sigo moviendo.
Yo le hablo bonito a mi cuerpo.
Yo agradezco lo que mi cuerpo sí puede hacer hoy.
Yo me muevo un poco cada día.
Aunque sea caminar a la tienda.
Yo pido ayuda cuando algo me duele.
Yo trato este cuerpo como algo que Dios me prestó.
Ahora, en silencio, háblale a Dios de tu cuerpo.
De lo que te preocupa.
Y de lo que agradeces.
Con palabras de todos los días.
Bajito, como en la sala de espera.
Si esperas un resultado,
o tienes un estudio pendiente,
déjaselo también.
Dios lo recibió.
Todo.
Cuando termines aquí, sírvete un vaso de agua.
Siéntate para tomarlo.
Aunque tengas prisa, siéntate.
Un trago...
y di gracias.
Otro trago...
y gracias otra vez.
Despacio.
Siente cómo baja.
Hazlo sin el teléfono en la mano.
Solo tú y el vaso.
Parece poca cosa.
Tu cuerpo lo agradece igual.
Y si quieres, escribe en los comentarios:
Gracias Dios por mi cuerpo.
Lo bendigo y lo cuido.
Mañana es el día cinco.
Vamos a soltar algo del pasado.
Eso que todavía pesa.
Mañana volvemos a bendecir tu nombre.
Dios va contigo.