Hoy vamos a mirar tu cuerpo con los ojos de Dios.
Porque los tuyos, a veces, son muy duros con él.
El espejo del baño, todavía empañado.
Le pasaste la mano...
y no te gustó lo que salió.
El pantalón que ya no cierra.
Lo guardaste otra vez
"para cuando vuelva a quedar".
La foto de la fiesta.
La borraste antes de que alguien la viera.
Y esa frase de la tía:
"¡Pero cómo has cambiado!"
Y tú sonreíste.
Pero te dolió toda la tarde.
Respira...
Hoy nadie va a medirte.
Buenos días, corazón bendecido.
Este es tu momento con Dios.
Antes de seguir, si quieres, escribe en los comentarios:
Aquí estoy, como soy.
Hoy no vamos a cambiar nada.
Vamos a bendecir tu nombre...
y el cuerpo que tienes hoy.
Lleva las yemas de los dedos a la línea de tu quijada.
Recórrela despacio.
Del oído hasta la barbilla.
Como quien dibuja algo que quiere.
Toma aire por la nariz.
Y suéltalo por la boca, sin apretar los dientes.
Otra vez.
Toma aire...
y al soltar, afloja la cara entera.
La frente, las mejillas.
Ahora vamos a bendecir tu nombre.
Cada vez que diga "yo"...
di tu nombre.
En voz alta, o en tu corazón.
Los dedos siguen en tu cara.
Así, cerquita.
Repite conmigo.
Yo...
me miro con cariño.
Yo...
bendigo este cuerpo como está esta mañana.
Yo...
soy obra de Dios.
También con estos años.
Otra vez.
Más bajito, si quieres.
Yo...
me miro con cariño.
Yo...
bendigo este cuerpo como está esta mañana.
Yo...
soy obra de Dios.
También con estos años.
Quizá alguna palabra no salió.
Se atoró por ahí.
Es normal.
Llevas mucho tiempo diciéndote lo contrario.
Desde la secundaria, quizá.
Desde aquel apodo.
Una última vez.
Ahora pasa los dedos por tu brazo.
Yo...
me miro con cariño.
Yo...
bendigo este cuerpo como está esta mañana.
Yo...
soy obra de Dios.
También con estos años.
Si quieres, escribe tu nombre en los comentarios.
Lo bendecimos juntos.
Solo el nombre.
Sin explicar nada.
Y si hoy no quieres escribir, también está bien.
Esto queda entre tú y Dios.
Dios, Tú no me ves como me veo yo en el espejo.
Tú no me comparas con quien era en las fotos viejas.
Tú conoces cada cambio.
Y sabes de dónde salió.
De los hijos, si los hubo.
De comer de pie, a la carrera.
Cuando me agache y me cueste, dame paciencia, no reproche.
Cuando me pruebe ropa en la tienda, acompáñame al probador.
Enséñame a tratarme como Tú me tratas.
Sin burla.
Amén.
Este cuerpo es tu casa.
Y hoy le hablas con respeto.
Mira tus manos un momento.
Te lavaron la cara hoy.
Y ahora te tocaron con cuidado.
Así se trata lo que es de Dios.
Si te viene a la mente lo que alguien dijo de tu cuerpo...
déjalo pasar.
Esas palabras no eran de Dios.
Tampoco las tuyas.
Las que te dices en el espejo, con la luz prendida.
Hoy esa voz descansa.
Habla otra.
Sigue tocando tu brazo.
Despacio, de arriba hacia abajo.
Y con los dedos ahí...
vamos a nombrar lo que no te gusta.
Para darle gracias.
Tus dedos siguen en tu brazo.
Bajan despacio, hasta el codo.
Ese brazo que a veces escondes debajo de una manga larga.
Hoy no hay manga.
Solo tus dedos y tu piel.
Toma aire despacio.
Y suéltalo sin meter la panza.
Déjala como es.
Otra vez.
Toma aire...
y suelta.
Repite conmigo.
Justo lo que te cuesta mirar.
Gracias, Dios...
por mis brazos.
Cargaron bebés, cubetas y despensas.
Gracias por lo que se mueve cuando digo adiós con la mano.
También es mío.
Gracias por mi panza.
Ha sido almohada de más de uno.
Gracias por las arrugas junto a los ojos.
Salieron de tanto reírme.
Gracias por la línea en la frente.
Es de tanto preocuparme por otros.
Gracias por mi pelo, que cambió de color sin preguntarme.
Gracias por la cicatriz que tengo.
Ahí sigo, del otro lado de ese día.
Gracias por las marcas en la piel.
Cada una apareció por algo.
Gracias por la nariz de mi papá.
La heredé completa.
Y me recuerda a él.
¿Qué parte de ti heredaste de alguien?
Escríbela abajo, con su nombre.
Gracias por mi sonrisa.
La que tapo en las fotos...
y hoy no voy a tapar.
Gracias por las venitas en las piernas.
Son de estar de pie, cuidando.
Gracias por mi cuello.
Sostiene una cabeza llena de pendientes.
Gracias por mis dientes chuecos.
Muerden la tortilla igual.
Gracias por mi voz.
Aunque grabada no me guste.
Gracias por el que lunar mi mamá decía que era de suerte.
Y gracias, Dios...
por quedarte a vivir en este cuerpo.
Tal como está.
Ahora, frases para el espejo.
Di tu nombre antes, si quieres.
Yo me miro con los ojos de Dios.
Yo dejo de esconderme en las fotos.
Yo me visto para estar a gusto.
No para esconderme.
Yo como sin pedir perdón.
Disfruto mi plato.
Yo dejo que me abracen sin encogerme.
Yo le hablo a mi cuerpo como le hablo a quien quiero.
Yo salgo a la calle con mi cara de hoy.
Yo merezco cariño en cada talla.
Yo soy obra de Dios.
Y Dios no hace borradores.
Ahora, en silencio,
cuéntale a Dios qué parte de ti te cuesta más querer.
Dísela por su nombre.
Y pídele que te ayude a verla bonita.
Si se te salen las lágrimas, deja que salgan.
Hay cosas que se dicen mejor
con los ojos cerrados.
Dios lo escuchó.
Y te sigue mirando igual.
Con el mismo cariño de la mañana en que naciste.
Esto es para la próxima ducha.
Cuando el espejo se empañe, no lo limpies con la toalla.
Escribe con el dedo: "te bendigo".
Y mira cómo tu cara va apareciendo detrás de las letras.
Es la primera vez que ese espejo te dice algo bueno.
Y si hoy te toca otra foto, quédate en ella.
No te muevas a la orilla.
Y si quieres, escribe en los comentarios:
Me bendigo como soy.
Dios me hizo con amor.
Mañana volvemos a bendecir tu nombre.
Dios va contigo.