Hoy vamos a bendecir la salud de los tuyos.
Y la tuya también.
Aunque siempre la dejes al final.
Ya sabes qué pastilla toca primero.
La de la presión, con el desayuno.
El pastillero de la semana, con sus cajitas de colores.
Las recetas en un fólder.
Los estudios en una bolsa del súper.
Conoces la silla del hospital.
Esa que no se hace para atrás.
Dormiste a ratos.
Con un oído en su cuarto.
Te levantaste a las tres porque tosió.
Y luego ya no te dormiste.
En el grupo de la familia todos opinan.
Pocos vienen.
Preguntas por todos.
Casi nadie te pregunta a ti.
Respira...
Hoy tu nombre entra a la lista.
Buenos días, corazón bendecido.
Este es tu momento con Dios.
Si quieres, escribe abajo: Presente.
Y desde qué ciudad cuidas a los tuyos.
Hoy vamos a decir sus nombres.
Y el tuyo, junto a ellos.
Porque quien cuida también necesita que lo cuiden.
Siéntate un momento.
Como te sientas junto a una cama.
Pon una mano sobre tu rodilla.
Solo apoyada.
Es la postura de quien acompaña.
La conoces bien.
Toma aire por la nariz.
Hasta donde llegue.
Y suéltalo despacio.
Sin prisa.
Otra vez.
Toma aire...
y al soltar, deja caer los hombros.
Una vez más.
Toma aire...
y suelta la noche que pasaste.
Con la alarma de las pastillas.
Esta vez, la mano en la rodilla te acompaña a ti.
Ahora vamos a bendecir tu nombre.
Cada vez que diga "yo"...
di tu nombre.
En voz alta, o en tu corazón.
Y donde diga "a quien cuido"...
di el nombre de quien está enfermo.
Puede ser más de uno.
Dilos todos.
Repite conmigo.
Yo...
cuido a los míos sin olvidarme de mí.
Yo...
pongo a quien en cuido las manos de Dios.
Yo...
también necesito descanso.
Y lo pido.
Otra vez.
Con en la mano la rodilla.
Yo...
cuido a los míos sin olvidarme de mí.
Yo...
pongo a quien cuido en las manos de Dios.
Yo...
también necesito descanso.
Y lo pido.
Quizá se te atoró la voz al decir su nombre.
Es normal.
Ese nombre pesa porque lo quieres.
Y tu nombre también importa.
Aunque hoy sea el segundo de la lista.
Dios no tiene listas.
Los ve a los dos al mismo tiempo.
Una última vez.
Más despacio.
Yo...
cuido a los míos sin olvidarme de mí.
Yo...
pongo a quien cuido en las manos de Dios.
Yo...
también necesito descanso.
Y lo pido.
Si quieres, escribe tu nombre en los comentarios.
Y el de quien cuidas.
Los bendecimos juntos.
Dios, Tú conoces este cuerpo cansado.
Y el de quien está en cama.
No te pido milagros de película.
Te pido compañía.
Que el médico tenga tiempo.
Que la medicina no falte.
Que yo no me rompa por querer sostenerlo todo.
Dame paciencia cuando no quiera comer.
Cuando me conteste feo.
Y dame alguien que me cubra un rato.
Un primo que se quede la tarde.
Una vecina que pregunte.
Y si no llega nadie, quédate Tú conmigo en esta silla.
Amén.
Cuidar también es orar.
Cada pastilla a es su hora una forma de amor.
Nadie cuida bien a solas.
Pedir relevo no es fallar.
Si alguien te ofrece una tarde,
dile que sí.
Sin pena.
Aprieta un poco la rodilla.
Suave, como se aprieta la mano de un enfermo.
Y desde esta silla...
vamos a dar gracias por lo que La llegó.
mano sigue en tu rodilla.
Tibia, quieta.
Ahí ha estado muchas veces.
En salas de espera.
En la orilla de una cama ajena.
Toma aire despacio.
Y suéltalo largo.
Como cuando por fin se duerme.
Otra vez.
Toma aire...
y suelta.
Una vez más.
Toma aire...
y deja que la cara se afloje.
La frente.
La boca.
Hoy no vamos a contar lo que falta.
Ya lo sabes de memoria.
Vamos a contar lo que sí llegó.
Repite conmigo.
Una por una.
Gracias, Dios...
por la doctora que explicó despacio.
Y dibujó en la receta.
Gracias por la enfermera del turno de noche.
La que se sabe su nombre.
Gracias por la vecina que trajo caldo de pollo.
Y no se quedó a platicar.
Gracias por la farmacia que abrió temprano.
Gracias por el sobrino que sabe pedir las citas en línea.
Gracias por el día que comió completo.
Gracias por el pastillero de colores.
Me ordena los días.
Gracias por las sábanas limpias de esta mañana.
Y tú, ¿quién te echa la mano?
Escribe su nombre en los comentarios.
Que también reciba bendición.
Gracias por la tarde que se rió.
Con un programa viejo de la tele.
Gracias por los buenos ratos.
Aunque luego vuelvan los malos.
Gracias por el chofer del taxi que ayudó con la silla de ruedas.
Gracias por el seguro.
O por la colecta, si no hubo seguro.
Gracias porque mis manos aprendieron a inyectar.
A cambiar sábanas con alguien acostado.
Gracias por mis brazos.
Levantan a quien ya no puede solo.
Gracias por las noches que sí dormí.
Las cuento todas.
Gracias por quien me llama solo para saber cómo estoy yo.
Y gracias, Dios...
porque seguimos juntos esta mañana.
Ahora, palabras de quien cuida.
Di tu nombre antes, si quieres.
Yo hago lo que me alcanza.
Y eso ya es mucho.
Yo me siento a comer.
Aunque sea un pan.
Yo acepto ayuda cuando me la ofrecen.
Sin decir "no te molestes".
Yo pregunto al médico lo que no entiendo.
Yo descanso sin pedir perdón.
Yo lloro cuando lo necesito.
Y luego sigo.
Yo no cargo lo que le toca a Dios.
Yo también voy a mis consultas.
Ahora, en silencio, háblale a Dios de quien está enfermo.
De lo que te asusta.
De lo que nadie más sabe.
Y háblale también de ti.
De tu cansancio.
Si hay una decisión difícil, pídele claridad.
No tienes que decidir hoy.
Dios oyó los dos nombres.
El de quien está en cama.
Y el de quien está en la silla.
Antes de empezar con todo...
sírvete algo de comer.
Un vaso de agua.
Algo en el plato.
Y siéntate a comerlo.
En una silla, no de pie.
Sin revisar el pastillero mientras.
Solo tú y tu plato.
Quien cuida también come.
Eso también es cuidar a tu familia.
Y hoy, cuando tengas un rato, sal a la puerta.
Que te dé el sol en la cara.
Y si quieres, escribe en los comentarios:
Dios cuida la salud de mi familia.
Y también la mía.
Mañana volvemos a bendecir tu nombre.
Dios va contigo.