recibos siguen en la mesa.
Debajo del salero, para que no se vuelen.
Anoche hiciste la cuenta en una servilleta.
Dos veces.
Y las dos veces dio lo mismo.
El sueldo llega.
Y se acaba antes que el mes.
Los zapatos de la escuela ya le quedan chicos al más pequeño.
Cansa hacer cuentas todos días.
los A veces cansa más que el trabajo.
Y está esa entrevista.
Te dijeron que te avisaban pronto.
Y ya pasaron varios días.
Cada vez que vibra el teléfono, el corazón se te sube a la garganta.
Respira...
Dios ve esa mesa también.
Buenos días, corazón bendecido.
Hoy es el día seis de diez.
Este es tu momento con Dios.
Aunque la cabeza siga en esa mesa.
Hoy vamos a bendecir tu trabajo.
El que tienes, el que buscas...
o el de casa, que nadie paga.
Ese también es trabajo.
Y Dios lo ve.
No te voy a prometer dinero.
Nadie honesto puede prometerte eso.
Lo que sí vamos a hacer es poner tu esfuerzo en manos de Dios.
Y confiar.
Endereza un poco la espalda.
Sin tensar nada.
Ahora frota tus manos.
Despacio, una contra la otra.
Siente cómo se calientan.
Estas manos trabajan mucho.
Toma aire por la nariz.
Hasta abajo, hasta la barriga.
Y suéltalo por la boca.
Con calma.
Otra vez.
Toma aire...
y deja salir la cuenta de anoche.
Por ahora, no la necesitas.
Ahora junta las palmas.
Todavía tibias, una contra la otra.
Una vez más.
Toma aire, lento.
Y suelta.
Deja que el pecho se afloje.
Vamos ahora con tu nombre.
Cada vez que diga "yo"...
di tu nombre.
En voz alta, o en tu corazón.
Tu nombre está en algún contrato.
O en una solicitud que mandaste, con la esperanza puesta ahí.
Hoy lo ponemos delante de Dios.
Junto con tus manos.
Tu nombre vale lo mismo con trabajo o sin él.
Repite conmigo.
Yo...
bendigo el trabajo de mis manos.
Yo...
confío en la provisión de Dios.
Yo...
hago mi parte y dejo el resto en Sus manos.
Otra vez.
Con la voz un poco más firme.
Como quien firma algo.
Yo...
bendigo el trabajo de mis manos.
Yo...
confío en la provisión de Dios.
Yo...
hago mi parte y dejo el resto en Sus manos.
Si al decir "confío" algo en ti dudó...
dilo igual.
La confianza también se practica.
Una última vez.
Mírate las manos mientras lo dices.
Yo...
bendigo el trabajo de mis manos.
Yo...
confío en la provisión de Dios.
Yo...
hago mi parte y dejo el resto en Sus manos.
Tus manos saben hacer cosas.
Más de las que crees.
Muchas cosas las aprendieron solas.
Mirando a otros.
Y a punta de errores.
Dios, mira mi trabajo.
El de afuera y el de la casa.
sabes lo que hay en mi alacena.
Y lo que falta para la semana.
No te pido lujos.
Te pido que no me falte lo necesario.
Y paz mientras espero.
Si hoy suena el teléfono, que sea para bien.
Y si no suena, dame calma.
Y si hay alguien que me debe, o alguien a quien yo le debo...
también lo pongo en Tus manos.
Amén.
Cada vez que te toque madrugar para cumplir un turno largo...
Dios se levanta contigo.
Tú pones el esfuerzo.
Él sabe cómo cuidarte.
Frota las manos otra vez.
Despacio.
Que vuelva el calor.
Y júntalas de nuevo, frente al pecho.
Estas manos han sostenido a otros.
Hoy Dios las sostiene ellas.
Y con las palmas juntas, tibias...
vamos a contar lo
que sí hay.
Las palmas juntas, todavía tibias.
Esas manos ya son algo que sí hay.
La servilleta con la cuenta puede esperar un rato.
Casi siempre contamos lo que falta.
La otra columna casi nunca la miramos.
tienes.
Toma aire hasta la barriga.
Y suéltalo despacio.
Todo el aire, hasta el final.
Una vez más.
Toma aire...
y suelta.
Repite conmigo.
Sin apurarte.
Gracias, Dios...
por la comida que hubo ayer.
Aunque haya sido sencilla.
Gracias por la olla que alcanzó cuando llegó uno más a la mesa.
Gracias por el techo sobre mi cabeza.
Aunque sea alquilado.
Gracias por el arroz que todavía queda.
Por el pan de esta mañana.
Gracias por lo que sé hacer.
Lo que aprendí mirando a mi mamá, o a mi abuela, o a un
compañero.
Gracias por la vez que alguien dijo mi nombre para un trabajo.
Gracias por el cliente que volvió.
Y por el que me recomendó.
Gracias por quien me paga a tiempo.
Y dame paciencia con quien no.
Gracias por los zapatos que aguantan otro día de caminar.
Gracias por la persona que me prestó sin hacerme sentir menos.
Gracias por el pasaje que alcanzó.
Justo, pero alcanzó.
Gracias por las puertas que ya se abrieron.
Las grandes y las chiquitas.
Gracias porque mis manos se levantaron hoy con ganas de trabajar.
Y gracias, Dios...
porque nunca me dejaste un día entero sin nada.
Si te pones a contar, la columna de lo que hay no estaba tan
vacía.
Ahora di tu nombre antes de cada frase.
Con la espalda derecha, si puedes.
Yo trabajo con dignidad.
Yo no me mido por lo que gano.
Yo sé hacer cosas que valen.
Yo puedo decir cuánto cobro sin pedir disculpas.
Yo agradezco lo que hay mientras sigo buscando lo que falta.
Yo puedo aprender algo nuevo a cualquier edad.
Yo no compito con nadie.
Dios tiene para cada uno.
Yo cuido lo que gano, sea mucho o poco.
Yo puedo esperar esa llamada sin perder la paz.
Yo confío en la provisión de Dios.
Ahora, en silencio, pon delante de Dios una necesidad.
Una sola.
La que más te quita el sueño.
Y si no sabes cuál elegir, empieza por la de hoy.
Dísela con los números, tal cual.
Sin adornos.
Dios entiende de cuentas.
Dios ya tiene tu lista.
Antes de salir, o de empezar en casa, haz algo pequeño.
Toma tu cartera, aunque hoy esté flaca.
O la herramienta con la que trabajas.
Pon la mano encima.
Y di en voz baja: Dios, bendice lo que haga hoy.
Si trabajas en la cocina de tu casa, bendice la estufa.
Esa también es tu herramienta.
Hazlo antes de la primera tarea.
Nadie tiene que verte.
Si te da risa hacerlo, ríete.
Y bendice igual.
Escribe en los comentarios:
Dios bendice el trabajo de mis manos...
y nada me faltará.
Si ves a alguien ahí buscando trabajo, dale un corazón.
Que sepa que alguien lo leyó.
Mañana es el día siete.
Vamos a bendecir tu casa.
Cada cuarto, cada puerta.
Mañana volvemos a bendecir tu nombre.
Dios va contigo.