Abriste los ojos...
y la lista ya estaba ahí.
un momento.
Si alguien que quieres se hablara así...
¿qué le dirías?
Algo
como: "Ya, ya.
Hiciste lo que pudiste."
A los demás les hablas con ternura.
A ti te corriges con pluma roja.
Respira...
Hoy vamos a cambiar el tono.
Buenos días, corazón bendecido.
Hoy es el día dos de diez.
Este es tu momento con Dios.
Qué bueno que volviste.
Hoy el tema es ese.
Cómo te hablas cuando nadie oye.
Y si ayer no pudiste venir, también está bien.
Aquí nadie lleva la cuenta.
Hoy vamos a bendecir tu nombre con otra voz.
Con la voz que usa Dios contigo.
Que es mucho más suave que la tuya.
Si quieres, cruza los brazos sobre el pecho.
Como un abrazo.
Uno que te das tú.
Toma aire por la nariz.
Llena el pecho despacio.
Y suéltalo con un "ah" suave.
Si hay alguien cerca, bajito.
Otra vez.
Toma aire...
y al soltar, afloja la frente.
Ese ceño que ni sabías que tenías.
Una vez más.
Toma aire...
y suelta el apuro.
Aquí no hay nada que entregar a tiempo.
Deja los brazos donde están.
Siente el calor que hacen.
Ese calor también es tuyo.
Te lo puedes dar cuando quieras.
Ahora vamos a bendecir tu nombre.
Cada vez que diga "yo"...
di tu nombre.
En voz alta, o en tu corazón.
Fíjate cómo lo dices.
Muchas veces lo usamos para regañarnos.
Cuando se cae un vaso.
Cuando se nos pasa la hora.
Hoy lo vas a decir despacio.
Como lo diría Dios.
Si te suena raro así, con cariño, es normal.
No estamos acostumbrados.
Repite conmigo.
Yo...
me hablo con la ternura con la que Dios me
habla.
Yo...
hago lo que puedo.
Y hoy eso alcanza.
Yo...
puedo dejar cosas sin terminar.
Sin castigarme por eso.
Otra vez.
Un poquito más suave.
Yo...
me hablo con la ternura con la que Dios me habla.
Yo...
hago lo que puedo.
Y hoy eso alcanza.
Yo...
puedo dejar cosas sin terminar.
Sin castigarme por eso.
Si te salió rápido, es costumbre.
Esa voz dura tiene años hablando.
No se va en una mañana.
Pero hoy ya le bajaste el volumen.
Una última vez.
Como le hablarías a un niño que se cayó aprendiendo a caminar.
Con esa paciencia.
Sin corregirle nada.
Yo...
me hablo con la ternura con la que Dios me
habla.
Yo...
hago lo que puedo.
Y hoy eso alcanza.
Yo...
puedo dejar cosas sin terminar.
Sin castigarme por eso.
Escucha cómo sonó tu nombre ahora.
Sin la pluma roja.
Así te nombra Dios.
Todos los días.
También los días que no rindes.
Dios, esta voz dura la aprendí hace mucho.
Enséñame la tuya.
Aunque me cueste creerla.
Que hoy, cuando me equivoque, me trate como Tú me tratas.
Cuando se me queme el arroz.
Cuando llegue tarde algo.
Amén.
Tal vez la lista sigue igual de larga.
La ropa sigue en la silla.
Pero hoy la miras de otra manera.
Aunque sea un poquito.
Quédate así un rato.
Nadie te está calificando.
Solo estás aquí, con Dios.
Y eso ya cuenta.
Aunque no lo anotes en ningún lado.
No sueltes los brazos todavía.
Déjalos así, cruzados.
Y con ese abrazo puesto...
vamos a repasar todo lo que no le toca a ella.
Lo bueno casi nunca entra en
la lista.
Esa lista solo anota lo que falta.
Toma aire despacio.
Hasta donde llegue.
Y suéltalo largo.
Hasta el final.
Otra vez.
Toma aire...
y suelta.
Deja caer los hombros al soltar.
Repite conmigo.
A tu ritmo.
Gracias, Dios...
por estas manos.
Con sus manchitas sus cicatrices.
Cada marca tiene su historia.
Y todas son de trabajo.
Gracias por el esfuerzo que nadie vio.
El plato lavado a las once.
Gracias por las veces que me desvelé cuidando a alguien.
Gracias por aquel año que parecía imposible.
Y aquí sigo.
Gracias por aquella vez que terminé algo difícil...
y nadie aplaudió.
Gracias por lo que ya sé hacer sin pensar.
Pegar un botón.
Hacer una trenza.
Gracias por los días que me levanté sin ganas.
Y me levanté igual.
Gracias por la primera vez que me atreví a decir que no.
Gracias porque sigo intentando.
Aunque a veces me salga chueco.
Gracias por la persona que yo era hace diez años.
Aguantó más de lo que creía.
Gracias por las mañanas que llegué a tiempo corriendo, con el cabello mojado.
Gracias por la sopa de la otra vez.
Me quedó rica, y lo sé.
Y gracias, Dios...
porque nunca me regañaste por llegar despacio.
Mira todo eso.
Esa es tu otra lista.
La que casi nunca lees.
Léela más seguido.
Ahora, unas frases para ti.
Si quieres, di tu nombre antes.
Yo soy más que mi lista de pendientes.
Yo celebro lo pequeño que hice.
Yo puedo descansar antes de terminarlo todo.
Yo me hablo como le hablo a quien quiero.
Yo aprendo mi ritmo.
mi ritmo está bien.
Yo dejo un pendiente para mañana.
Y no se cae el mundo.
Yo me doy crédito por lo que ya hice.
Yo le creo a Dios cuando dice que me ama.
Yo tengo permiso de ser principiante.
En lo que sea.
Yo no le debo perfección a nadie.
Ahora, en silencio, entrégale a Dios eso que te exiges.
Esa meta que te quita el sueño.
Ese "debería" que repites.
O esa comparación de siempre, con la prima que todo lo logra.
Dáselo a Él un rato.
Él sabe qué hacer con eso.
Ya está en sus manos.
Hoy te dejo algo pequeño.
La próxima vez que pases frente a un espejo...
detente un segundo.
Aunque sea tu reflejo en la pantalla apagada del teléfono.
Con eso alcanza.
Mírate a los ojos.
Y dite una frase amable.
Una sola.
Por ejemplo: "Hoy lo estás haciendo bien."
Te va a dar risa, o pena.
Dila igual.
La primera vez cuesta.
La tercera ya sale más fácil.
Y si quieres, escribe en los comentarios: Hoy me hablo con amor...
porque Dios me mira con amor.
Mañana es el día tres.
Vamos a bendecir a tus hijos.
Ten sus nombres cerca.
Si no tienes hijos, piensa en la gente que cuidas.
Mañana volvemos a bendecir tu nombre.
Dios va contigo.