Todavía no te levantas...
y el teléfono ya está lleno.
El grupo de la familia.
Una cuenta que vence muy pronto.
Y ese cansancio de siempre...
el que llega antes que el día.
Quizá dormiste poco.
Quizá dormiste bien...
y aun así te cuesta arrancar.
Espera.
No abras nada todavía.
Antes de mirar la pantalla...
mírate a ti un momento.
Respira...
Hoy puedes empezar de otra manera.
Buenos días, corazón bendecido.
Hoy es el día uno de diez.
Este es tu momento con Dios.
Y me alegra que estés aquí.
Donde estés, está bien.
Aunque sea la orilla de la cama.
Cada mañana, durante estos diez días, vamos a bendecir tu nombre.
Hoy empezamos por lo más sencillo.
Recibir este día como un regalo.
No todas las mañanas se sienten así.
Algunas se sienten cuesta arriba.
Por eso estamos aquí.
Para empezar juntos, con calma.
Si puedes, pon una mano en tu pecho.
Toma aire por la nariz.
Despacio.
Y suéltalo por la boca.
Sin prisa.
Otra vez.
Toma aire...
y deja que se vaya un poco del peso de ayer.
Siente tu mano subir y bajar.
Es tu cuerpo diciendo: aquí estoy.
Suelta los hombros.
Deja que bajen un poco.
Afloja la mandíbula.
No tienes que apretar nada ahora.
Si hay ruido en la casa, déjalo estar.
Tú sigue aquí.
Una vez más.
Toma aire, lento.
Y suelta.
Como un suspiro largo.
Ahora vamos a hacer algo especial.
Voy a decir unas frases.
Cada vez que yo diga "yo"...
tú dices tu nombre.
En voz alta.
O en tu corazón.
Como te salga.
Tu nombre te acompaña desde que naciste.
Hoy lo vamos a llenar de bendición.
Alguien lo dijo por primera vez cuando te tuvo en sus brazos.
Hoy lo vas a decir delante de Dios.
Con amor.
Repite conmigo.
Yo...
recibo este día como un regalo de Dios.
Yo...
no tengo que ganarme el amor de Dios.
Ya lo tengo.
Yo...
empiezo de nuevo hoy.
Sin cargar lo de ayer.
Otra vez.
Di tu nombre con cariño.
Yo...
recibo este día como un regalo de Dios.
Yo...
no tengo que ganarme el amor de Dios.
Ya lo tengo.
Yo...
empiezo de nuevo hoy.
Sin cargar lo de ayer.
¿Notas algo distinto?
Tal vez nada.
Tal vez un poco.
Las dos cosas están bien.
Una última vez.
Más despacio.
Como quien dice algo importante.
Porque lo es.
Deja que tu nombre suene entero.
Sin apurarlo.
Yo...
recibo este día como un regalo de Dios.
Yo...
no tengo que ganarme el amor de Dios.
Ya lo tengo.
Yo...
empiezo de nuevo hoy.
Sin cargar lo de ayer.
Si se te quebró la voz...
está bien.
A veces el nombre pesa.
Hoy empezó a pesar un poco menos.
Es el mismo nombre de siempre.
Pero hoy lo dijiste con amor.
Dios no llega tarde a tu mañana.
Ya estaba aquí antes que tú.
Tu nombre no es un accidente.
Dios lo conoce letra por letra.
Dios, aquí está mi nombre.
Te lo entrego esta mañana.
Tú lo conoces mejor que yo.
Sabes lo que cargo...
y lo que sueño.
Cuídalo hoy.
En cada cosa que haga.
En la cocina, mientras hierve el agua.
En el camino al trabajo.
Amén.
Si hoy se complica algo, vuelve a decir tu nombre así.
Quédate aquí un momento.
Con Dios.
Deja la mano en tu pecho.
Así, sin moverla.
Y con tu nombre todavía en los labios...
vamos a dar gracias.
Tu mano sigue en tu pecho.
Tu nombre todavía resuena ahí dentro.
Hace un momento lo dijiste en voz alta.
Para mucha gente eso ya es un paso.
Vamos a empezar por cosas pequeñas.
De esas que casi nunca vemos.
Pero antes,
una respiración más.
Para que las gracias salgan sin prisa.
Toma aire despacio.
Y suéltalo.
Como quien deja una bolsa pesada en el piso de la cocina.
Una vez más.
Toma aire...
y suelta.
Repite conmigo.
Despacio, como te salga.
Gracias, Dios...
por el aire que entra ahora mismo.
Gracias por la luz de esta mañana, aunque hoy esté nublado.
Gracias por la cama donde descansé.
Aunque la noche haya sido corta.
Gracias por el café, o el té.
Por tener algo caliente en las manos.
Gracias por el agua de la llave.
Fría, limpia, ahí cuando la necesito.
Gracias por mi cuerpo, que se levantó otra vez.
Con sus dolores y todo.
Gracias por las personas que amo.
Las que están cerca...
y las que hoy están lejos.
Gracias por lo que salió bien ayer.
Aunque haya sido algo chiquito.
Gracias por la risa de alguien que todavía me hace sonreír.
Gracias porque desperté.
Hoy tengo otra oportunidad.
Gracias por mis manos.
Hoy van a cocinar...
y abrazar a alguien.
Gracias por esta casa.
Pequeña o grande, es donde vuelvo.
Gracias por las veces que me levantaste cuando yo ya no podía.
Y gracias, Dios...
porque no me pediste estar bien para venir a buscarme.
¿Te das cuenta?
Había más cosas buenas de las que parecía.
Si Ahora, unas frases sobre ti.
Dichas delante de Dios.
quieres, di tu nombre antes de cada frase.
Yo camino con Dios hoy.
Yo merezco empezar de nuevo.
Yo contesto los mensajes después.
Primero, Dios.
Yo dejo el ayer en manos de Dios.
Yo tengo algo bueno que hacer hoy.
Aunque sea pequeño.
Yo tengo un lugar en el corazón de Dios.
Yo saludo con cariño a la primera persona que vea.
Yo puedo equivocarme...
y Dios me sigue amando igual.
Yo puedo reír hoy.
Aunque ayer haya llorado.
Yo le hago falta a alguien hoy.
Aunque no me lo diga.
Ahora, en silencio, dile a Dios lo que necesitas hoy.
Una sola cosa.
Con tus palabras.
No hace falta decirlo bonito.
Dios entiende también lo que no sabes decir.
Y si no te sale nada, quédate en silencio con Él.
Él te escuchó.
Antes de empezar el día, te dejo algo sencillo.
Toma un papel.
Escribe tu nombre.
Y al lado escribe: Dios está conmigo.
Guárdalo en tu cartera.
O pégalo en el espejo del baño.
Cuando lo veas hoy, acuérdate de esta mañana.
Si alguien te pregunta qué es, puedes contarle.
O no.
Es algo entre tú y Dios.
Y si quieres, escríbelo también en los comentarios:
Mi nombre está bendecido...
y hoy empiezo de nuevo con Dios.
Tu nombre escrito ahí también es una oración.
Mañana es el día dos.
Vamos a hablar de algo difícil.
Lo duro que a veces te tratas.
Mañana volvemos a bendecir tu nombre.
Dios va contigo.