Anoche alguien cerró una puerta más fuerte de lo necesario.
La cena se comió en silencio.
Cada uno mirando su plato.
empezó por algo chiquito.
Unos platos sin lavar.
Y detrás venía otra cosa.
Nadie tuvo toda la culpa.
Y aun así, todos la cargan.
Y esta mañana la casa amaneció pesada.
Como si el aire no se moviera.
Caminas despacio por el pasillo.
Midiendo cada palabra antes de decirla.
Respira...
Esa casa también se puede bendecir.
Buenos días, corazón bendecido.
Hoy es el día siete de diez.
Este es tu momento con Dios.
Aunque en casa todavía duerman.
Hoy vamos a pedir paz.
Para tu nombre y para tu casa.
No vas a arreglar a nadie.
Esa parte le toca a Dios.
Tú solo vas a hacer tu parte.
Y esa empieza por dentro.
Si estás cerca de una mesa, apoya la palma de tu mano encima.
Si no, en la pared más cercana.
Siente lo firme que está.
Esta casa te sostiene.
Aunque a veces no lo notes.
Baja los párpados.
Si quieres, ciérralos.
O mira un punto fijo.
Toma aire por la nariz.
Cuenta hasta cuatro.
Y suéltalo más largo de lo que entró.
Hasta seis, si puedes.
Otra vez.
Toma aire...
y suéltalo largo.
Como si bajaras el volumen de la casa.
Siente tu peso en la silla.
Deja que te cargue un rato.
Deja que la nuca se ablande.
Ahí se guarda lo que no dijiste.
Si alguien se mueve en otro cuarto, no te levantes todavía.
Esto también es cuidar tu casa.
Una vez más.
Toma aire, lento.
Y suelta.
Tu mano sigue sobre la mesa.
Ahora le toca tu nombre.
Sin quitar la mano.
Cada vez que diga "yo"...
di tu nombre.
En voz alta, o en tu corazón.
En esta casa tu nombre se oye mucho.
Para pedirte algo.
A veces, en medio de un reclamo.
Hoy va a sonar distinto aquí dentro.
Con paz.
Como suena en la boca de alguien que te quiere de verdad.
Repite conmigo.
Yo...
declaro paz sobre mi nombre y sobre mi casa.
Yo...
no contesto un grito con otro grito.
Yo...
pongo mi hogar bajo el cuidado de Dios.
Otra vez.
Si hay alguien durmiendo cerca, dilo bajito.
Dios oye igual.
Yo...
declaro paz sobre mi nombre y sobre mi casa.
Yo...
no contesto un grito con otro grito.
Yo...
pongo mi hogar bajo el cuidado de Dios.
La segunda línea cuesta.
Lo sé.
Hoy basta con decirla.
Una última vez.
Siente la mesa bajo tu mano mientras hablas.
Yo...
declaro paz sobre mi nombre y sobre mi casa.
Yo...
no contesto un grito con otro grito.
Yo...
pongo mi hogar bajo el cuidado de Dios.
Dios, entra a esta casa.
Siéntate a esta mesa.
Tú conoces cada rincón.
Hasta el cuarto que nadie ordena.
Donde anoche hubo portazos, pon una palabra suave.
Cuida a los que viven aquí.
También al que más me cuesta.
Y cuídame a mí de decir lo que después no pueda recoger.
Que en esta cocina se vuelva a reír.
Aunque sea por algo pequeño.
Y si viene una conversación difícil, que Tú estés sentado en medio.
Amén.
Cuando veas hoy a esa persona, dale los buenos días primero.
Aunque te cueste.
Si en tu casa alguien te hace daño, pedir ayuda también es cuidarla.
Habla con alguien de confianza.
Quédate con la palma quieta donde la apoyaste.
Y desde esa misma mesa...
vamos a recorrer tu casa dando gracias.
Tu mano sigue sobre la mesa.
Empezamos justo ahí.
Las marcas que tiene.
Esa mancha que ya no sale.
Repite conmigo.
Despacio, como si caminaras por tu casa.
Gracias, Dios, por esta mesa.
Por cada
vez que nos juntó.
Aunque anoche fuera en silencio.
Toma aire.
Cuenta hasta cuatro.
Y suéltalo hasta seis.
Que la casa te oiga respirar despacio.
Ahora vamos a la puerta de entrada.
Gracias por esta puerta.
Por las veces que se abrió para alguien que volvía.
Gracias por la llave en mi mano.
Abre un lugar donde puedo estar.
Gracias por las fotos en el refrigerador.
De cuando todos sonreíamos.
Gracias por la estufa que prende.
Y por el olor de la comida que hace salir a todos de su
cuarto.
Gracias por el sillón donde alguien se queda dormido con la tele prendida.
Gracias por la luz del pasillo que alguien deja encendida para el que llega.
Ahora, las camas.
Gracias por cada cama de esta casa.
Por quien duerme ahí ahora mismo.
Gracias por la cobija de siempre.
La que ya nadie quiere tirar.
Gracias por el cuarto de los niños.
Aunque ya no sean tan niños.
Gracias por el baño.
Aunque la regadera tarde en calentar.
Gracias por la ventana.
Por lo que se ve desde ahí.
Aunque sea la pared del vecino.
Gracias por estas paredes.
Han oído de todo.
Y siguen de pie.
Gracias por las risas que ya hubo aquí.
Esta casa sabe reír.
Y gracias, Dios...
porque esta casa sigue siendo casa.
Aunque a ratos tiemble.
Si recorriste tu casa en la mente, quizá la viste con otros ojos.
Más tuya.
Con sus defectos.
Y con todo lo que ha aguantado.
Ahora di tu nombre antes de cada frase.
Si alguien de tu casa pasa cerca, puedes seguir.
No es un secreto.
Yo traigo calma a esta casa.
Yo bajo la voz antes de hablar.
Yo puedo salir del cuarto cuando la conversación se calienta.
Yo pido perdón primero, si me toca.
Yo no cargo el enojo de todos.
Yo no tengo que ganar cada discusión.
Yo puedo dejar la última palabra en manos de Dios.
Yo cuido mi casa con mis palabras.
Yo pongo límites con cariño.
Y los sostengo.
Yo declaro paz sobre mi nombre y sobre mi casa.
Ahora, en silencio, piensa en una persona de tu casa.
Esa que te preocupa.
O esa con la que chocaste anoche.
Dile a Dios su nombre.
Y pide paz para esa persona.
Dios ya entró a ese cuarto.
Al terminar, abre una ventana.
La que te quede más cerca.
Deja que entre aire nuevo.
Y que salga lo de anoche.
Aunque haga frío.
Un ratito basta.
Y di en voz alta: Dios, bendice esta casa y a todos los que
viven aquí.
Si vives en un cuarto rentado, ese cuarto también es tu casa.
También se bendice.
Escribe en los comentarios:
Mi casa está llena de la paz de Dios.
Y si quieres, agrega tu ciudad.
Así vemos cuántas casas se bendicen esta mañana.
Mañana es el día ocho.
Vamos a hablar de lo que esperas...
y todavía no llega.
Mañana volvemos a bendecir tu nombre.
Dios va contigo.