Para comenzar esta meditación de apertura del corazón, siéntate con el pecho amplio.
Rota los hombros hacia atrás, como un gesto amable de apertura y libertad.
Cuando sientas que es el momento, puedes cerrar suavemente los ojos.
Siente la parte frontal de tu cuerpo: el esternón y el espacio entre las clavículas.
Observa si el pecho se protege. Toda coraza tuvo un motivo; no la juzgues.
¿Qué intentaba proteger esa coraza? No necesitas una historia larga, solo comprender.
Agradece esa protección y reconoce que, en este instante seguro, puedes suavizarla.
Respira hacia el pecho, sintiendo cómo el aire expande las costillas desde el interior.
Abrirse no es aparentar suavidad: es permitir que tu corazón habite este espacio.
Si surge una emoción, dale espacio en el pecho sin necesidad de analizarla.
Hombros relajados, barbilla suave y el centro del corazón abierto hacia adelante.
Y permitiendo que cualquier defensa descanse a tu lado, en completa paz.
Continúa sintiendo el aire fluir libremente por el centro de tu pecho.
¿Cómo sería relacionarte con los demás desde este espacio de mayor apertura y bondad?
Conservas tu sabiduría. Estar abierto no significa ser vulnerable de forma ingenua.
Siente calor, tensión o quietud. Todo ello refleja la autenticidad de tu corazón.
Tu corazón ha trabajado incansablemente. Merece ser acogido con gratitud.
Si la mente intenta cerrar el pecho, nota el hábito y abre los hombros con dulzura.
Coloca una mano en el corazón si lo deseas, recordándole que está seguro y acompañado.
Puedes abrir tu corazón y seguir siendo plenamente tú mismo.
Descansa en esta serena amplitud en toda la parte frontal de tu cuerpo.
Mantén el corazón abierto y conectado a medida que regresas.
Ahora deja que tu atención regrese. Siente los hombros, el pecho y la habitación.
Abre los ojos y lleva contigo este centro abierto, compasivo y lleno de paz.